lunes, 2 de enero de 2012

Las Arenas

Entro en las Arenas que sensación tan extraña, todo es luz, luz aséptica, luz que solo vende, luz que no encandila, camino hacia el ruedo, doy un giro a la derecha, y comienzo a dar la vuelta. No hay emoción favorable, no hay solera, no hay tronío, no hay traje de luces. Acabo la vuelta y me adentro al centro de lo que fue el antiguo coso de las Arenas, giro sobre mi misma con la mano derecha abierta en vertical, a modo de brindis esperando la ovación. Alba es mi mozo de espadas, y yo soy el matador.
No hay ovación, no hay pasodoble que anime a la afición. Solo escaparates con tiendas esperando al comprador.
No hay toro, no hay torero, ni tampoco picador, que sensación tan rara tengo busco gradas y almohadillas, busco la sombra y busco al sol. No hay pañuelo no hay presidente, no hay tribuna de honor y aunque el tiempo lo permitiera.
La autoridad ya no lo permite. Mataron la Fiesta y aquí en  el centro de lo que fue la plaza me encuentro yo, con más pena que gloria, recordando a mi padre que fue el mayor aficionado de La Fiesta hasta el día que se fue de este mundo traidor.
 María Ibáñez